El presagio

-Che, Sanjua, traés a los chicos el sábado a la tarde a casa? Vamos a festejarle el cumple al Rodri.

El Lechuza, compañero en la zaga central, habla bajo, como para que no escuchen los demás. Sentado en el extremo del banco de madera, se agacha para desatarse los cordones de los zapatos. Mientras abro mi bolso para sacar la ropa, pienso en su generosidad, pero a la vez en el potencial conflicto.

-Uh, qué bueno! A qué hora, che?

En la ducha, todavía queda algún flaco rezagado de algún turno anterior. En el mismo vestuario, pero a unos pocos metros, el Tito comenta el partido de Boca en Brasil con el Remolacha y con Juan Pablo. El Lechuza, aún agachado, levanta la cabeza y la mirada, como para asegurarse de que los otros no escuchan.

-A las 3. Pauli alquiló un castillo, y vienen unas chicas a animar. Espero que no llueva.

-Qué culiau! Te los llevo tarde, porque si no me pierdo el segundo tiempo de San Martín.

-Dejate de joder! Si van a perder de vuelta! Con quien juegan?

A 10 minutos de que empiece el turno, ya van cayendo, apurados, los demás jugadores. El Cabezón lo hace como siempre, a los gritos:

-Hola chicas!!! Tranquilas que ya llegué!!!

-Cagamos! Hoy terminamos con uno menos de vuelta! – el Narigón, que estaba acomodándose la calza a la altura de los huevos, y la semana pasada corrió como condenado para suplir en la mitad de la cancha la falta del Cabezón por expulsión a los 13 minutos del primer tiempo, no podía dejar la oportunidad de meter el bocadillo.

-Y qué querés? – el Cabezón tira el bolso con desdén junto al Lechuza, y abre los brazos ampulosamente, en ademán de resignación -. Si al otro mariconazo parecía que le habían metido un balazo en los dientes por cómo se revolcaba! Y el árbitro compró!!!

En un córner llovido en defensa, y viendo con resignación que no llegaba a la pelota que le caía justo en la cabeza al central rival, saltó con el codo en alto, en el afán de desestabilizar al contrincante para que no cabecee cómodo. El error de cálculo, tanto en el tiempo como en el espacio, le jugó una mala pasada y con ese mismo codo le dio de lleno en la jeta al 6 rival. El Cabezón, con la cara de mármol, y el gesto asombrado, protestaba por la intempestiva tarjeta roja que le mostrara el referí, mientras se observaba la mancha de sangre del rival a media altura de su manga derecha.

Mientras los otros lo putean a viva voz, me acuerdo del Lechuza.

-Con Olimpo a las 13:15. Antes de las 4 estoy en tu casa. Y no vamos a perder. A Olimpo lo tenemos de hijo. Es más, el sábado los mandamos al descenso otra vez, como en el 2012.

El Lechuza, que a esta altura ya se calzó las medias y esos botines manchados con la sangre de tantos rivales, busca sin encontrar la camiseta sobre el banco. Sin mirarme, me pincha:

-Esas estadísticas que sólo vos conocés, y a nadie le importan!! Y encima las contás como grandes logros!!! Sabés cuantos equipos ya mandaron a Olimpo al descenso? Si cada año y medio descienden! Cuando hagan descender a River, como lo hicimos nosotros, volvemos a hablar de fútbol!

Levanta la mano izquierda, con los dedos para adelante, y la agita hacia arriba y hacia abajo, en un ademán como queriéndome sacar de encima. No alcanzo a responderle la chicana, porque Tito destroza el bullicio general con su vozarrón:

-Che! Quien tiene un par de medias negras de más, para prestarle al pelotudo del Remolacha que se las olvidó?

Justo por detrás de Tito, asoma el Remo, con esa cara con el gesto tan inocente como de costumbre. En el medio de la bardeada generalizada que estalla como un relámpago, sin éxito, intenta una defensa:

-No me las olvidé! Me preparó el bolso la Tati, y me puso las medias blancas en lugar de las negras.

Es muy buen chango el Remo, y desde que la Tati volvió a la casa, hasta se lo vé de vuelta con muy buen ánimo y siempre con una sonrisa. Me genera ternura. Piedad. A los otros, no!

El primero que salta, afinando la voz descaradamente, es el Membri:

-Ay Tati, Tati!!! Me podés ayudar a preparar el bolso para ir a jugar al fútbol?

Lo secunda, como siempre, el Cabezón. Pero asumiendo el rol de Tatiana, y fingiendo un vozarrón muy grave, mucho más grave que el de Tito.

-Primero terminá de lavar los platos. Y después, cepilla el frenadononón que acabo de dejar en el inodoro. Cuando terminés, si tengo ganas, te doy una mano.

Genera una carcajada generalizada. Vuelve a intervenir Membrillo, con ese timbre exageradamente fino, y pegando donde presume que duele.

-Gracias! Gracias Tati! Sos muy buena conmigo! Por favor, no te vayas nunca. Quedate siempre conmigo.

La carcajada, se convierte en un estruendo. El Remo los mira a todos con esa sonrisa inocente, como aprobando la humorada. Más se le cagan de risa! Por suerte, el Tito se apiada e interviene.

-Bueno, alguien tiene otro par de medias para prestarle al Remo? Y métanle pata que en 2 minutos arrancamos!

El Lechuza, que ya terminó de vestirse, se levanta para enfilar a la cancha. Aún con la sangre en el ojo por su último comentario, y sabiendo que el año que viene ellos van a estar jodidos con los promedios, lo atajo con el comentario.

-No sea cosa que el campeonato que viene, seamos nosotros los que les firmemos la sentencia del descenso a ustedes, mientras Talleres juega la Libertadores, no?

Satisfecho, espero su reacción. Conozco el julepe que tienen, y sé que le di un golpe bajo. Sin embargo, el Lechuza me mira despreocupado, y retruca:

-Pará que este campeonato no terminó. Todavía podemos descender. Y no sea cosa que pierdan con Olimpo, y los que terminen descendiendo sean ustedes, no?

-No, estamos tranquilos. Además, vos siempre te vas antes que yo. Tenés más tarjetas rojas, que Ruggeri y Passucci juntos.

Entonces fue ahí que se despachó con el presagio.

-Mirá, éstos con los que jugamos ahora, tienen dos ligeritos arriba, que los vamos a tener que parar como sea. Y si hay que darles leña, que la liguen, no? Como corresponde! Bueno, capaz entonces que acá tengamos una analogía. No sería raro que alguno de nosotros, o los dos, terminemos expulsados antes de que termine el partido. Estamos en riesgo. Así como nuestros equipos están en riesgo de descender. Entonces, quien te dice, quizás acá tengamos un presagio de lo que pueda pasar con Belgrano y San Martín con el descenso. Al que lo rajen, es una señal de que su equipo desciende. Este campeonato, o el que viene. Pero desciende. Si no nos rajan a ninguno, entonces quizás ni San Martín ni Belgrano desciendan. Si nos rajan a los dos, que es probable, más allá de que el Tito se va a hinchar los huevos, quiere decir que tanto Belgrano como San Martín están en el horno.

Me quedo mirándolo, casi sin entender la pelotudez que acabo de escuchar. La cachetada en la nuca que recibo de Tito, apurando para que salgamos a la cancha, me reubica en la situación. No obstante, salgo del vestuario pensando en lo que dijo el Lechuza.

Ya parados en la cancha, a unos 5 metros de la medialuna, y esperando que el juez dé la orden inicial, lo miro a mi derecha a mi compañero de zaga, que me devuelve la mirada con complicidad. Como si adivinara en qué estoy pensando, me tira la última indicación.

-Ojo! Y al partido hay que jugarlo como queremos que nuestros equipos peleen en la cancha. A meter. A ganar. A morir. Sin sacar la patita.

El silbato del referí no termina de romper el trance. Cuando El Narigón toca para Tito, sigo pensando en el sentido de lo que me dijo el Lechuza.

En la primera jugada que merodea el área nuestra, una pelota larga al 11 contrario, lo sobrepasa al 4 nuestro y lo obliga al Lechuza a salir a cortar. Apurado por el rival, es un riesgo intentar pararla para salir jugando. Entonces, si bien lo más seguro es tirarla al lateral, un tanto larga para que no

puedan hacerlo rápido, el Lechuza opta por meterle un terrible patadón a la pelota, que fue a picar recién unos 50 metros más allá, pasando por encima del alambrado y perdiéndose por entre las inmediaciones de la Circunvalación.

La queja de los rivales, y el reproche del árbitro, no le hacen mella. Mientras algún suplente sale a la búsqueda de otro balón, él vuelve a ocupar posición en el campo de juego, mirándome fijamente a los ojos y portando una sonrisa de satisfacción en la jeta. Cuando llega, me dice:

-Así va a pelear Belgrano.

Cuando se reanuda el juego, decido no darle bola, y simplemente jugar el partido. A los 5 minutos, defendiendo en un córner, el Lechuza después de vencer en una feroz lucha con el 9 de ellos por ganar la posición, mete un frentazo sensacional para tirar la pelota al lateral, y culmina con un grito embravecido, lanzado mientras se congela un segundo con el ceño fruncido y el puño cerrado en señal de clara victoria. El Cabezón, extrañado como todos los demás, le suelta:

-Bueeeena! Rafa Nadal!!!

El Lechuza no le da un tronco de bola al Cabezón, y vuelve a buscarme con la mirada. A esta altura, el presagio comienza a resultarme un desafío. Sacan el lateral, el 7 de ellos lo gambetea al 3 nuestro, y se viene con pelota dominada encarando al área. Como si fuera un asador que ve al choco que se está afanando la tira de costillas de la parrilla, meto un pique repentino, como un rayo, y consigo trabarle la pelota con el empeine del pie derecho. El 7 trastabilla, y termina cayéndose de boca al piso. Con la pelota limpia en mi poder, se la toco larga al Narigón para que inicie la contra. Contra que no observo, porque mis ojos inmediatamente después de desprenderme del balón, se dirigen a cruzarse con los del Lechuza.

El juego fue un monólogo del equipo rival. Nos cagaron a palos todo el partido. Nosotros no generábamos peligro, ni teníamos la pelota. El mediocampo de ellos, se lo comió crudo al nuestro. Nuestros delanteros no tocaron un fulbo en toda la noche. Tito estaba ronco de putear. Y si a los 30 minutos del segundo tiempo, el marcador todavía estaba en cero para los dos, era exclusivamente porque el Lechuza y yo, jugamos el mejor partido de nuestras vidas. Anticipábamos. Despejábamos por arriba y por abajo. Hacíamos los relevos de los laterales cada vez que eran superados por esos 2 aviones que tenían arriba, y que eran el 7 y el 11. Y cuando no llegábamos a tiempo, salíamos a cortar el juego con foul lejos del área, para evitar el peligro en nuestro arco. Y más heroico se volvió, después de que al minuto 68, el Cabezón, impotente, le fue con los tapones de punta al 10 de ellos que se le había escapado después de meterle un caño más lindo que el de Riquelme a Yepes. El enganche, un petizo morrudo, chileno, no podía dejar de llorar al verse que en la pantorrilla derecha, el Cabezón le había dejado, por donde manaba abundante sangre, 3 surcos bien anchos, como para sembrar semillas de palta. Por supuesto, roja directa. Si hasta ahí había sido un monólogo, lo que siguió después fue un atropello, que chocó siempre contra la zaga central. Hasta el momento fatídico.

Si bien los dos estábamos haciendo un partido impecable, las piernas ya empezaban a flaquear. Faltando menos de diez minutos, y cuando el 11 de ellos por enésima vez lo encaró al Lechuza, por primera vez éste no tuvo la reacción necesaria para anticiparlo. El flaquito se la tiró por la izquierda, paralelo a la banda, y la fue a buscar por la derecha. Si bien el Lechuza quedó mal parado, se rehízo rápidamente, y salió a la caza del 11, a atraparlo antes de que llegue al área. Y lo consiguió. El 11 de ellos, un flaco zancudo al que llamaban Chiche, y que me hacía acordar al Piojo López por como agachaba la cabeza y salía corriendo a pasar rivales, era tan rápido que no le daba tiempo a los compañeros para que lo acompañaran a llegar al área. A diferencia del Piojo, cuando Chiche llegó a la línea de fondo, en lugar de tirar un centro a cualquier parte, sin siquiera saber si había algún compañero en el área, levantó la cabeza y, al no ver a nadie, enderezó la carrera para correr paralelo a la línea de fondo, como esperando a que lleguen refuerzos. Esto le dio tiempo al Lechuza para alcanzarlo. Acostumbrado a atorar a los rivales de frente, el Lechuza no tenía muchas mañas para quitar limpiamente la pelota corriendo al rival desde atrás. Cuando lo tuvo a tiro, a unos 50 centímetros antes de que llegue al área (repito: y desde atrás), se le tiró con los dos pies hacia adelante, como en tijera. El chasquido que se escuchó cuando le aplaudieron los 2 tobillos al pobre Chiche, fue escuchado hasta por el arquero de ellos. La pelota se fue mansa a las manos del árbitro, que se acercaba enérgico a donde se había producido la acción. Para sorpresa de todos, el de negro manoteó la tarjeta que tenía en el bolsillo de la chomba. Cuando todos esperábamos una tarjeta de color rojo furioso, con luces de neón, marquesina y sirena, el pito mostró la amarilla. Los diez rivales se le fueron encima al referí (digo los diez, porque Chiche todavía estaba tirado en el piso, y de hecho lo seguía estando cuando se había terminado el partido). Mientras el juez intentaba frenar la horda, el Lechuza, haciéndose el boludo salía de escena. Cuando se me puso al lado, me dijo:

-Y si hay que arriesgar TODO, se arriesga TODO. A matar, o morir!

Faltaban menos de 5 minutos, y definitivamente el Lechuza había decidido que si se iba, lo haría a lo grande. Esa lectura, me renovó el espíritu combativo.

Del tiro libre cedido por el Lechuza, vino un centro corto, pero lo suficientemente abierto como para tentarlo al arquero a salir a cortarlo… y que no llegue a hacerlo. Cuando veo que la salida del arquero sería inútil, doy un paso para atrás, con la intención de custodiar mi arco. Veo a la pelota caer en el punto del penal, y por primera vez, veo al Lechuza perder la posición. Cuando quiere saltar para despejar, la mano derecha del 2 de ellos, se apoya sobre su hombro izquierdo, no sólo imposibilitándolo de elevarse, sino además para sostenerse ese instante preciso en el aire, para asestar un feroz cabezazo directo al ángulo. En un acto reflejo, y emulando al grandísimo Mario Alberto Kempes, o al Lucho Suárez contra Ghana, pego un salto felino, y con la mano izquierda, consigo evitar la caída de mi valla, y desviar la pelota al córner.

Inmediatamente me abordó la satisfacción que surge del orgullo. Si en ese momento, el equipo rival no estaba festejando el gol de la victoria, había sido por mí. Por mi intervención. Por mi determinación. Ahora sí, podía sentirme a mano con el Lechuza. Yo también había hecho todo lo posible para que no perdiéramos. Había arriesgado TODO. A matar o morir.

Sin verlo, escucho el silbato del referí que, obviamente, estará cobrando el penal. No me saca del trance. Ahora ya no dependía de mí, sino de mi arquero. Yo había hecho todo lo que estaba a mi alcance. Las palmadas de mis compañeros, no hacen más que exacerbar mi satisfacción. Aún aturdido por el éxito, salgo al encuentro de mi arquero, y le deseo suerte para el penal. El abrazo instantáneo, corto pero sentido, mancomuna. Al separarme me encuentro al árbitro que, tolerante, estaba aguardando que me despida. El gesto serio, no da lugar a dudas de la determinación. Se lleva la mano al bolsillo del pantalón, y me muestra la tarjeta roja que le negó al Lechuza. Con todo el significado que tenía para mí en ese partido, esa tarjeta roja, me tengo que contener para no llorar. La puteada de Tito, para que salga rápido y sin hacer tiempo, no me afecta. Cabizbajo, enfilo al vestuario. Al paso me ataja el Lechuza, y mirándome a los ojos, con una sonrisa de enorme satisfacción en el rostro, me dice:

-No seas boludo. Mejor andá temprano el sábado. Te espero a las 3.

Lo mando a cagar, y enfilo al vestuario. No me quedo a ver el penal. Cuando estoy entrando a la ducha, sin siquiera sacarme la pilcha, escucho desde la cancha el festejo de mis compañeros. Lo habrán atajado, o la tiraron afuera. Ya no importa. Bajo el agua fría, repaso el presagio del Lechuza. Una pelotudez. Estuvo divertida mientras motivaba, pero ahora no le tengo que dar bola. El sábado le vamos a ganar a Olimpo. Y, como sea, no vamos a descender. Ni este, ni el campeonato que viene. Quien se piensa que es el pelotudo este? Nostradamus? Andá a cagar Lechuza!!! Al cumpleaños del Rodri, caigo con los chicos a las 4.

Por Esepé

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