El corazón partido en el Hilario Sánchez

Desde un vamos me sentía raro. No entré a la Platea Este con las mismas ganas con las que lo hago desde hace más de 10 años. Es que si San Martín ganaba perdía River, el otro club de mis amores.

El partido fue un constante sufrimiento. Cada aproximación verdinegra encendía en mí las ganas de ver la red inflada, pero a la vez no quería que eso pasara. ¿Cómo es posible querer que le conviertan a mi equipo? Rarísimo. Y lo mismo con los ataques del Millo.

El tema de los goles, otro padecimiento. No los grité, obvio. Ni a los de River (tampoco quería salir del Hilario en ambulancia) ni al de San Martín. Simplemente no pude, no me lo permitió el amor por los colores. Preferí perderme festejar un gol de mi equipo por sobre gritarle a mi equipo -suena raro, sí- un gol en la cara.

¡Qué odio me dio cuando la hinchada verdinegra nos cantó que nos fuimos a la B! ¡Lo mismo cuando la de River nos cantó que somos equipo chico! Mis hinchadas cantándome en contra, otra rareza.

El 3 a 1 final no me dejó contento. Ganó River, ¡buenísimo!; pero perdió San Martín, ¡un bajón! Mientras salía de la cancha me puse a pensar que no tendría que haber ido. Si me quedaba en casa a ver la película más triste del mundo hubiese sufrido menos. Pero el fútbol es el fútbol.

 

Entradas relacionadas