Horacio Peñaloza y una victoria inolvidable: “Cuando sacaron la espina me volvió el alma al cuerpo”

Hay victorias que se explican con números. Otras, con cronómetros. Y algunas quedan grabadas por todo lo que ocurrió antes de cruzar la meta.

La de Horacio Peñaloza pertenece a ese último grupo.

El sanjuanino ganó por primera vez los 100 kilómetros del Desafío Punta Negra, completó su primera ultramaratón y lo hizo después de atravesar una noche entera en la montaña con una espina incrustada en el pie durante gran parte de la carrera.

La escena parece exagerada, pero fue exactamente así.

“Me clavé una espina que estuvo del kilómetro 20 al 70”, relató durante su paso por En 4D.

Lo que comenzó como una molestia terminó convirtiéndose en una verdadera tortura. Intentó sacarla con piedras, con las herramientas que llevaba en el botiquín y en cada puesto donde encontraba ayuda. Nada funcionó. Mientras tanto, los kilómetros seguían acumulándose.

La situación llegó a un punto límite cuando debió atravesar nuevamente sectores repletos de piedras que castigaban cada apoyo.

“Ya estaba en un estado de emoción violenta que no quería más nada”, recordó.

Hasta que apareció el alivio.

En uno de los puestos de asistencia, cerca del kilómetro 70, lograron extraerle la espina con una pinza más grande.

“Cuando lo vi que la sacó me volvió el alma al cuerpo”, resumió.

Lo llamativo es que la carrera recién empezaba a mostrar su verdadera dimensión.

Porque los 100 kilómetros no solamente fueron una prueba física. También representaban una deuda pendiente.

Durante años, Peñaloza había construido una sólida trayectoria en distancias de 50 y 70 kilómetros. Incluso había ganado varias veces en Punta Negra. Sin embargo, la barrera de los 100 seguía siendo una cuenta inconclusa.

La herida más profunda había quedado en Europa.

Meses atrás había viajado a Francia para competir en una prueba clasificatoria de UTMB, la carrera más prestigiosa del trail running mundial. Allí abandonó en el kilómetro 70 por problemas físicos y el golpe emocional dejó huella.

“Me dolió un montón no poder completarla. Me dolió por el desgaste físico, económico y mental que había hecho para llegar hasta ahí”, recordó.

Por eso, más allá del triunfo, la verdadera victoria era otra.

“Haber completado la distancia, sacando lo competitivo y los tiempos, es una gratificación personal. Decir: bueno, pude.”

La frase resume buena parte de la esencia del trail running.

Porque detrás de los resultados existe una lucha silenciosa que pocas veces aparece en las clasificaciones. Horas de entrenamiento, madrugadas, frustraciones, lesiones y una búsqueda constante de superación personal.

En el caso de Peñaloza, incluso hubo dudas hasta último momento.

Un accidente sufrido un mes y medio antes había puesto en duda su participación. Los médicos le advirtieron que probablemente necesitaría una intervención quirúrgica y la incertidumbre acompañó toda la preparación.

“Por eso fue un poco la motivación de correr los 100. Pensé que si me tenía que operar y parar un tiempo, quería darme la panzada de kilómetros y disfrutarlo”, explicó.

La montaña terminó devolviéndole mucho más de lo que esperaba.

También le recordó algo que había descubierto años atrás, cuando comenzó a correr buscando mejorar su salud.

“Este estilo de vida me encanta. Me siento con energía, me da mucha alegría correr”, contó.

Esa pasión explica decisiones que para muchos pueden parecer extrañas. Acostarse temprano un viernes para entrenar el sábado, resignar salidas, sostener rutinas exigentes o entrenar incluso cuando las ganas no acompañan.

“Hay entrenamientos que vas con la peor de las ondas y terminás haciendo un entrenamiento espectacular. Esas pequeñas mejoras te alimentan mucho la autoestima”, explicó.

Pero si algo quedó claro durante la carrera fue que las ultras nunca se corren en soledad.

Peñaloza destacó el acompañamiento de su entrenador, su novia, profesionales de la salud, auspiciantes y amigos que formaron parte del proceso.

Durante la noche, mientras avanzaba entre cerros y senderos oscuros, cada encuentro con ellos significó una inyección de energía.

“Uno ve solamente al corredor con el dorsal, pero hay mucha gente atrás ayudando”, afirmó.

Por eso, cuando finalmente cruzó la meta después de más de once horas de esfuerzo, el desahogo fue inmediato.

Ni entrevistas ni festejos protocolares.

Primero necesitó abrazar a quienes habían recorrido ese camino con él.

“Lo primero que hice fue darle un beso a mi novia. Después abracé a mi profe y los dos estábamos entre lágrimas. Fue un cúmulo de emociones”, recordó.

El resultado quedará en los registros deportivos. La victoria también.

Pero para Horacio Peñaloza, probablemente lo más importante ocurrió mucho antes de subir al podio: cuando comprobó que podía completar esos 100 kilómetros que durante tanto tiempo parecieron una cuenta pendiente.

Cierre

Entre el dolor de una espina, una noche interminable en la montaña y el recuerdo de una frustración en Francia, Horacio Peñaloza encontró en Punta Negra mucho más que una victoria. Encontró la confirmación de que estaba preparado para llegar hasta donde alguna vez creyó imposible.

Entrevista realizada para el programa En 4D, que se emite por Canal 4.

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